Lina (2)
Segunda parte del relato, en la que se descubre que el problema es más complejo de o que parece a simple vista. Espero que lo disfruten.
Lina presentaba una imagen de niña buena. Mejor dicho, se escondía detrás de una imagen de niña buena. Pero era un disfraz demasiado cuidado para no ser falso, para que no tuviera intención de engañar. Sus respuestas convencionales no eran más que una forma de eludir las preguntas. Nadie es tan perfecto, tan sólido. Todo el mundo tiene contradicciones, tentaciones, fallos. Nadie llega a la edad adulta sin tener un puñado de cosas de las que arrepentirse.
Las hadas. Lina las había mencionado dos veces: al referirse a un cuento de hadas, y al verse a sí misma como un hada buena. Bien, las hadas son mujeres, y al mismo tiempo seres fantásticos, imaginarios, irreales. Lina, una mujer irreal. Tal vez para que la realidad no la ensuciase, o para ser menos mujer. Pero todo tiene su opuesto, y el antagonista del hada buena es el hada mala, o mejor, la bruja. Lica, la bruja, el ser perverso que sólo busca el mal. Lica era humana, demasiado humana, y Lina se oponía a ella al verse como un hada. De nuevo, la hipótesis de la envidia.
Y sin embargo, Lina había dicho “la estoy matando”. En tiempo presente, con una duración. Y estaba obsesionada por los zapatos, tal vez por los pies, con la tenacidad de una fetichista. Humorísticamente, muchas mujeres parecen obsesionadas por los zapatos, y se gastan enormes sumas de dinero en ellos, pero siempre se trata de los propios, no los de los demás. Tal vez la clave era la dependencia. Lina se creía el sostén de la familia, el apoyo, la que ofrecía un suelo firme que pisar, y vigilaba los pasos de todos, preocupada de que alguien empezase a caminar por su cuenta. Como Roberto, con unos zapatos que no pegaban.
Esa noche, Freud tuvo un extraño sueño. Se vió a sí mismo como la reina de las hadas. Con su calva, y su barba, vestido con una túnica sutil y casi transparente, una inacabable sensación de incomodidad y ridículo lo acosaba tenazmente. Ya despierto, a la mañana siguiente, no pudo encontrar una explicación. Sabía muy bien que a menudo el trabajo de un psiquiatra incluye el cargar con las culpas y obsesiones de los pacientes. Eso forma parte del proceso de intentar comprenderlos. Pero aún así, aquello no tenía sentido.
Aún estaba de mal humor cuando llegó Lica, por la tarde. Aunque no hubiese un motivo para ello, Freud esperaba algo así como Lina, disfrazada de buscona. Pero no. Sí, Lica iba demasiado pintada, y vestía de un modo chillón, y llevaba unos zapatos azules, tal como había dicho Lina, pero había algo que no casaba. Tal vez sus ojos, que parecían más hechos para contemplar enormes llanuras bajo un cielo espectacular, que la penumbra de un dormitorio. Bajo su apariencia sofisticada y provocativa, Freud creyó entrever a una aldeana, una muchacha campesina, sana, fuerte y simple.
Al revés que su prima, Lica no tenía ningún reparo en mirar francamente, o en que la mirasen, lo que reavivó la sensación de incomodidad que sentía Freud. Sólo cuando Lica se hubo sentado de espaldas a él y le hubo explicado las normas de la entrevista, se sintió algo más tranquilo.
- ¿Cómo son sus relaciones con Lina? - empezó preguntando Freud.
- Normales - dijo Lica, simplemente.
- Sea un poco más explícita, por favor.
- Normales - repitió Lica - ¿Qué quiere que le diga? Hablamos mucho. Nos hacemos confidencias. Bueno, yo se las hago, porque ella, no es que tenga mucho que contar, la pobre.
- ¿Por qué pobre?
- A su edad, debería estar saliendo con chicos. Debería saber algo más de los hombres. A menos que una quiera hacerse monja, llevar una vida como la suya no puede ser sano.
A Freud empezó a caerle simpática, aquella muchacha.
- ¿Por qué cree usted que no se relaciona con chicos? ¿Qué motivo puede tener?
- No lo sé, pero es posible que sea por su salud. No es que tenga nada, pero podría tener miedo de que se le repita lo de las piernas.
- ¿Qué es eso de las piernas?
- ¿No se lo ha contado? Lina tenía trece años cuando tuvo su primera regla. Yo la había tenido un año antes, a los doce, pero Lina nunca tiene prisa. El caso es que entonces tuvo una especie de parálisis en las piernas. No podía caminar, era incapaz de dar un paso. Su madre y yo la ayudábamos a vestirse, y su hermano la llevaba en brazos a todas partes.
- ¿Cuál fué el diagnóstico?
- Eso es lo raro, los médicos no supieron encontrarle nada. Mis tíos se hartaron de visitar a los mejores especialistas. Algunos decían que podía ser mental.
Freud asintió. ¿Parálisis histérica? Tal vez. De todas formas, aquel era un dato importante. Muy importante. Freud se preguntó si aquello podía explicar la obsesión de Lina por los zapatos.
- ¿Cómo acabó aquello?
- Pues un buen día, sin más. Una mañana, se levantó y volvió a andar. Al menos, eso es lo que me han contado.
- ¿No lo vió usted?
- Yo no estaba.
A Freud le pareció que Lica ocultaba algo.
- ¿Dónde estaba usted?
- Bueno... supongo que debo decírselo. Me había escapado de casa.
Había seis o siete preguntas que Freud quería hacer; ¿cómo? ¿dónde? ¿por qué? ¿cuánto? ¿con quien? En vez de eso, dijo simplemente:
- Continúe.
- Bien, pues estaba con un chico, un amigo mío. Nos fuimos por ahí.
- ¿Tuvieron ustedes... relaciones?
- ¿Si nos acostamos, quiere decir? Claro. No hicimos otra cosa.
- ¿Era la primera vez?
- ¿Para mí o para él? - pregunto Lica, cínica - Él era mayor que yo, y sabía cómo hacerlo, así que creo que para mí sí que fué la primera vez.
- ¿Por qué lo hizo usted?
- No lo sé.
Aquella respuesta era simplemente imposible. Una ninfa de trece años que ignora qué la mueve a perder su virginidad. La respuesta parecía sincera, pero eso era lo que la hacía imposible.
- Vamos, usted debe saber qué la movió a hacerlo. Intente recordar.
- Recuerdo que él ni siquiera me gustaba. Que el principio, tenía un poco de miedo, y que me hizo daño. Pero tuve que hacerlo. Fué como un impulso. Me agarró de pronto.
- ¿Como las ganas de coger una piedra y romper un vidrio?
- Sí - rió Lica - Ya veo que Lina se lo ha contado. Pero le habrá contado la mitad, como hace siempre. La verdad es que ella fué la primera. Yo ví cómo se agachaba, recogía algo del suelo y lo lanzaba hacia la casa, pero erró el tiro. Yo no hice más que imitarla, ya sabe cómo son los críos.
Un nuevo dato. Era Lina quien había inducido a su prima a cometer su primera travesura. Parecía algo, pero tenía la sensación de no tener nada entre las manos. Analizó esa sensación, y preguntó:
- ¿Vió usted la piedra? La de Lina, quiero decir.
- No, no pude verla. Es curioso, es como si no hubiese cogido nada. Simplemente, hizo el gesto, y yo la seguí, como una tonta.
Lica, evidentemente, no tenía nada de tonta, y acababa de descubrir la verdad al mismo tiempo que Freud.
- Volvamos a su escapada. Me gustaría que intentase analizar mejor sus motivos.
- Eso es lo raro, no había motivos. No es que me importase, sabía que tarde o temprano me iba a pasar, pero no tenía una urgencia. Y un buen día, sin saber por qué, tuve la necesidad de hacerlo. Ni siquiera me parecía lo más importante del mundo, aunque para alguna lo sea. Fué como si alguien me hubiese pegado un empujón.
- ¿Quién?
Lica se incorporó y se volvió hacia Freud, mirándolo fijamente. Él sostuvo su mirada, y ambos supieron que estaban pensando lo mismo. ¿Quien? Lina, evidentemente.
- ¿Le habló ella? ¿Le dijo algo para inducirla?
- No - Lica fué categórica - Ni una palabra. Y cuando yo le conté lo que había pasado, me dió la impresión de que ella lo sabía, aunque no entiendo cómo.
- ¿Sabe lo que es el inconsciente?
- Algo he oído. Una especie de mala conciencia, ¿no? Lo que de verdad somos, pero no queremos ser.
- Más o menos.
No estaba mal, para un profano. Nada mal.
- Algunos de mis colegas - dijo Freud - un poco dados a la especulación, creen, o sospechan, que el inconsciente puede enviar y recibir mensajes de otras personas. Esa sería la base real de la intuición, aunque la verdad es que hasta ahora no ha podido probarse, y las hipótesis sin pruebas no tienen ningún valor científico.
- ¿Quiere decir que LIna me insinuó que lo hiciera?
- Es sólo una hipótesis.
- ¿Y qué tiene que ver eso con las piernas?
- ¿Qué le sugiere, la parálisis de las piernas?
- No poder caminar. No poder dar un paso. Miedo a caer.
Lica calló de pronto. Freud, intentando adivinar sus pensamientos, dijo:
- Un refrán alemán dice: “Cuando una muchacha cae, cae siempre de espaldas”.
Lica intentó reprimir una risita. Evidentemente, había captado el doble sentido.
- ¿Quiere decir que me envió a mí para saber si era tan terrible como decían? Como el que envía a un explorador a examinar el terreno.
- Tal vez. Que diese usted los pasos que ella no se atrevía a dar. ¿Le ha ocurrido más veces?
- ¿Qué quiere decir?
- Si ha habido otras ocasiones en las que se haya visto impulsada a hacer algo, sin motivo aparente.
- No. Bueno, una vez... pero preferiría no contárselo. Es demasiado vergonzoso.
- Mire - dijo Freud, pacientemente - contármelo o no, no va a cambiar el hecho. Si ocurrió, no podrá cambiarlo. Y decirlo no significa volver a hacerlo. Además, tal vez podamos hallar la clave de por qué lo hizo. Y si es así, ese recuerdo dejará de molestarla, porque usted lo habrá dominado.
Lica estuvo unos momentos silenciosa. Freud iba a decir algo más, cuando ella rompió a hablar.
- Era un amigo de mi tío, un hombre mayor. Muy correcto, muy educado. Nadie lo habría dicho, de él. El caso es que le gustaban las jovencitas. Muy jovencitas, ya me entiende.
- ¿Niñas?
- Sí. Ahora me doy cuenta de que de repente, me pareció que tenía que ser amable con él. No sabía por qué, pero me encontraba sentada siempre cerca de él, a su lado si era posible, escuchándolo hablar. Poco a poco, empezó a prestarme atención, aunque antes no se había fijado en mí y sólo tenía ojos para Lina. Tampoco sé por qué, pero alguna vez se me escapó algún comentario un poco atrevido. Algo impropio de una señorita bien educada, si sabe lo que quiero decir.
“La cosa se fué complicando. Todo no era más que una serie de malentendidos, porque yo no tenía ninguna intención de perseguirlo, pero entre nosotros llegó a haber una especie de complicidad. Un día me invitó a una exposición de arte, y no sé por qué acepté. Había una serie de esculturas, desnudos, y me preguntó si me gustaban. Dijo que ya suponía que no me escandalizarían, que sabía que yo no era una mojigata. La verdad es que se andaba con mucho tiento, y daba grandes rodeos, aunque yo ya me barruntaba dónde quería ir a parar. Supongo que quería guardarse las espaldas, y si yo me alarmaba o lo delataba, poder decir que lo había interpretado mal.
“Empezó a hablarme de las modelos, las que habían posado para las esculturas. Me preguntó si me parecían unas descaradas. Yo le dije que no, que a cualquier mujer bonita le gusta que la miren, aunque algunas de las que había allí habrían hecho mejor tapándose. Él se echó a reir y comentó que yo podía decir eso, porque parecía tener tan buena figura como ellas. Esperó a ver cómo reaccionaba yo. Me sentía rara, como si estuviese bloqueada, con la mente en blanco, pero mis respuestas eran tan precisas como una jugada de ajedrez. Seguía el juego sin pensar, como si no fuese yo.
“Él no era pintor, ni escultor, ni siquiera dibujante. No tenía una buena excusa a mano para pedirme que posara para él. Así que no pudo usarla. Simplemente, mientras encendía un cigarrillo, comentó que le gustaría comprobar si yo tenía realmente tan buena figura como parecía. Me espiaba de reojo. Me oí preguntar si las modelos cobraban por posar, y él respondió: “Pídame lo que quiera”. Y yo dije: “Bombones”.
“Fuimos a su casa. Tenía un salón grande y mal iluminado, pero él colocó dos o tres lámparas de pie cerca del centro, mientras decía que yo me merecía todos los focos del escenario. Yo estaba helada de frío al principio, pero en cuanto empecé a quitarme la ropa, me pasó.
- ¿Qué hizo él? ¿Llegó a tocarla?
- No. Sólo quería ver cómo me desnudaba, eso era todo. No pude ver lo que hacía él, mientras tanto; las luces me deslumbraban, y él se había situado en el rincón más oscuro. Cuando estuve desnuda, una idea loca, intenté dar unos pasos de baile. Creo que fué la única cosa consciente que hice aquella tarde. Él me gritó “Basta”, y me dijo que podía volver a vestirme. Me llevó a casa, y al día siguiente se presentó con una caja de los bombones más caros que pudo encontrar.
- Supongo que no pudo usted probar los bombones.
- Los detesto. Le regalé la caja a Lina, a ella la vuelven loca.
Hubo un pesado silencio. El nombre de Lina había aparecido de nuevo, pero esta vez no precisaron mirarse para saber que pensaban lo mismo. Finalmente, Lina dijo:
- Ha ocurrido más veces. A veces, ni yo misma sé por qué me comporto así. Y hay veces que me siento como un cubo de basura. Verá usted, no me asustaría desnudarme ante mi marido, o ante un hombre al que quisiera, pero aquello fué tan... sórdido.
- Triste, más que sórdido, diría yo - dijo Freud - Pero en todo caso, era él el sórdido, no usted.
- Eso es lo que hacen las prostitutas, ¿no? Exhibirse por dinero. Y otras cosas, claro.
- No cargue las culpas en quien no las merece, y sobre todo, no las cargue en usted. Si hay prostitutas, es porque hay clientes, así que ¿de quién es la culpa?
- ¿Por qué hago estas cosas, doctor?
- Francamente, no creo que sea usted responsable de todas y cada una de las cosas que ha hecho. Normalmente, creería que la causa está en usted misma, en su subconsciente, pero esta vez no estoy tan seguro.
- ¿Cree usted que es Lina?
- Creo que tenemos sólo una hipótesis de trabajo, muy pocos hechos y ninguna prueba.
Lica, pensativa, dijo:
- Es raro que el doctor Thomas no le hablase a usted de lo de la parálisis de Lina. No debía saberlo. Me sorprende que un profesional de su competencia no hiciese alguna indagación sobre la salud de Lina.
- No siempre ha tenido usted tan buena opinión del doctor Thomas, según me han dicho.
- ¿Por qué lo dice?
- Tengo entendido que le reprochó usted su actitud hacia Lina.
- Jamás he hecho eso.
- ¿No lo abordó usted en la calle para recriminarlo?
- Recuerdo haberlo encontrado alguna vez, pero me limité a saludarlo, eso es todo. ¿Qué ocurre? ¿Qué le han contado?
- Nada importante - dijo Freud - debe haber una confusión. Algún duendecillo, como solemos decir, que ha trabucado los nombres.
- ¿Cree usted en duendes? Son unos individuos desagradables y groseros. Prefiero las hadas.
Freud dió un respingo, y volvió a sentirse incómodo. Lica seguía hablando:
- ¿Sabe por qué vuelan, las hadas? Porque para ellas no rije ninguna ley; ni siquiera, la ley de la gravedad. Eso es lo que dice Lina.
Freud se removió inquieto en su asiento. De golpe, Lica se echó a reir, con una risa franca y abierta. Ante el asombro de Freud, cuando pudo hablar, dijo:
- Perdone. Es que me lo acabo de imaginar a usted, doctor Freud, vestido de hada.
Freud sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Dios del cielo, ¿qué era aquello? Intentó sobreponerse, mientras Lica decía:
- Supongo que querrá verme de nuevo mañana, ¿verdad?
Freud, aún alterado, respondió:
- No, no. Será mejor que vuelva a venir su prima.
- Eso quería decir - dijo Lica, como pensando en otra cosa.
Freud estaba tan nervioso que no llegó a oir la última frase, y despidió a Lica con más prisa de la que pedía la cortesía. Una vez a solas, se sentó e intentó calmarse. Apeló a su sentido crítico para examinar los hechos con objetividad. Lika no podía conocer sus sueños, era imposible. Además, aquel sueño no tenía sentido para él, aunque la impresión que le había causado había durado todo el día.
Se dijo que si las hadas le provocaban malestar, debía enfrentarse a ello, y profundizar su análisis. Era la única forma de superarlo. Partió de la frase de Lina; ninguna ley regía para ellas, como para el psiquiatra. En el ejercicio de su profesión, no valían la discreción ni los remilgos. A veces, ensuciarse las manos y torturar a los pacientes, obligándolos a enfrentarse a lo que más temían, era la única forma de salvarlos.
Varios temas se agolpaban en su mente, y metódicamente, tomó una hoja de papel y los apuntó. En un primer momento, ni siquiera se dió cuenta de que había escrito Lika, con ka. Volvió a las hadas, unos seres etéreos y alados. Como los ángeles. Cayó en la cuenta de que Lina era en realidad Angelina, que por lo que él sabía de español, era el femenino de ángel. Pero no parecía muy angélica. A diferencia de los ángeles, que servían a Dios, las hadas no servían a nadie, salvo a sí mismas. Y si a veces se hablaba de hadas buenas, es porque las había malas. Tal vez Lina era una de ellas. Tal vez, con una varita mágica, había encontrado la forma de convertir a la princesa Lika en una rana, mejor, en un sapo. Pero esa improbable respuesta tenía otras preguntas: cómo, y por qué.
¿Cómo? Todos tenemos la capacidad de despertar sentimientos en los demás. De otro modo, la vida social sería imposible. Podemos persuadir, convencer, motivar, conmover. Se puede inspirar respeto, confianza o amor. Pero a menudo lo hacemos de forma consciente, y a veces verbal. No siempre, claro. Una mujer puede descubrir, con sorpresa, que ha seducido a un hombre de forma inconsciente, aunque no se pueda calificar de involuntaria, ya que ha existido al menos la voluntad de agradar. Lina parecía haber descubierto otra forma. Sin hablar, sin lanzar mensajes imperceptibles, incluso a distancia. Tal vez era cierto que el inconsciente podía enviar y recibir mensajes del inconsciente de otras personas. Tal vez los actos de Lika eran proyecciones de Lina. Proyecciones, emanaciones, reencarnaciones. Su pensamiento, al divagar, había llegado hasta la filosofía hindú. Recordó que, para aquella mentalidad, la única realidad auténtica era algo que podía definirse como “el mar del que nacen los dioses”. Un confuso magma de instintos, tendencias, deseos, sentimientos, aspiraciones y sueños, en perpetua ebullición. Algo muy parecido al inconsciente, en verdad.
Lina presentaba una imagen de niña buena. Mejor dicho, se escondía detrás de una imagen de niña buena. Pero era un disfraz demasiado cuidado para no ser falso, para que no tuviera intención de engañar. Sus respuestas convencionales no eran más que una forma de eludir las preguntas. Nadie es tan perfecto, tan sólido. Todo el mundo tiene contradicciones, tentaciones, fallos. Nadie llega a la edad adulta sin tener un puñado de cosas de las que arrepentirse.
Las hadas. Lina las había mencionado dos veces: al referirse a un cuento de hadas, y al verse a sí misma como un hada buena. Bien, las hadas son mujeres, y al mismo tiempo seres fantásticos, imaginarios, irreales. Lina, una mujer irreal. Tal vez para que la realidad no la ensuciase, o para ser menos mujer. Pero todo tiene su opuesto, y el antagonista del hada buena es el hada mala, o mejor, la bruja. Lica, la bruja, el ser perverso que sólo busca el mal. Lica era humana, demasiado humana, y Lina se oponía a ella al verse como un hada. De nuevo, la hipótesis de la envidia.
Y sin embargo, Lina había dicho “la estoy matando”. En tiempo presente, con una duración. Y estaba obsesionada por los zapatos, tal vez por los pies, con la tenacidad de una fetichista. Humorísticamente, muchas mujeres parecen obsesionadas por los zapatos, y se gastan enormes sumas de dinero en ellos, pero siempre se trata de los propios, no los de los demás. Tal vez la clave era la dependencia. Lina se creía el sostén de la familia, el apoyo, la que ofrecía un suelo firme que pisar, y vigilaba los pasos de todos, preocupada de que alguien empezase a caminar por su cuenta. Como Roberto, con unos zapatos que no pegaban.
Esa noche, Freud tuvo un extraño sueño. Se vió a sí mismo como la reina de las hadas. Con su calva, y su barba, vestido con una túnica sutil y casi transparente, una inacabable sensación de incomodidad y ridículo lo acosaba tenazmente. Ya despierto, a la mañana siguiente, no pudo encontrar una explicación. Sabía muy bien que a menudo el trabajo de un psiquiatra incluye el cargar con las culpas y obsesiones de los pacientes. Eso forma parte del proceso de intentar comprenderlos. Pero aún así, aquello no tenía sentido.
Aún estaba de mal humor cuando llegó Lica, por la tarde. Aunque no hubiese un motivo para ello, Freud esperaba algo así como Lina, disfrazada de buscona. Pero no. Sí, Lica iba demasiado pintada, y vestía de un modo chillón, y llevaba unos zapatos azules, tal como había dicho Lina, pero había algo que no casaba. Tal vez sus ojos, que parecían más hechos para contemplar enormes llanuras bajo un cielo espectacular, que la penumbra de un dormitorio. Bajo su apariencia sofisticada y provocativa, Freud creyó entrever a una aldeana, una muchacha campesina, sana, fuerte y simple.
Al revés que su prima, Lica no tenía ningún reparo en mirar francamente, o en que la mirasen, lo que reavivó la sensación de incomodidad que sentía Freud. Sólo cuando Lica se hubo sentado de espaldas a él y le hubo explicado las normas de la entrevista, se sintió algo más tranquilo.
- ¿Cómo son sus relaciones con Lina? - empezó preguntando Freud.
- Normales - dijo Lica, simplemente.
- Sea un poco más explícita, por favor.
- Normales - repitió Lica - ¿Qué quiere que le diga? Hablamos mucho. Nos hacemos confidencias. Bueno, yo se las hago, porque ella, no es que tenga mucho que contar, la pobre.
- ¿Por qué pobre?
- A su edad, debería estar saliendo con chicos. Debería saber algo más de los hombres. A menos que una quiera hacerse monja, llevar una vida como la suya no puede ser sano.
A Freud empezó a caerle simpática, aquella muchacha.
- ¿Por qué cree usted que no se relaciona con chicos? ¿Qué motivo puede tener?
- No lo sé, pero es posible que sea por su salud. No es que tenga nada, pero podría tener miedo de que se le repita lo de las piernas.
- ¿Qué es eso de las piernas?
- ¿No se lo ha contado? Lina tenía trece años cuando tuvo su primera regla. Yo la había tenido un año antes, a los doce, pero Lina nunca tiene prisa. El caso es que entonces tuvo una especie de parálisis en las piernas. No podía caminar, era incapaz de dar un paso. Su madre y yo la ayudábamos a vestirse, y su hermano la llevaba en brazos a todas partes.
- ¿Cuál fué el diagnóstico?
- Eso es lo raro, los médicos no supieron encontrarle nada. Mis tíos se hartaron de visitar a los mejores especialistas. Algunos decían que podía ser mental.
Freud asintió. ¿Parálisis histérica? Tal vez. De todas formas, aquel era un dato importante. Muy importante. Freud se preguntó si aquello podía explicar la obsesión de Lina por los zapatos.
- ¿Cómo acabó aquello?
- Pues un buen día, sin más. Una mañana, se levantó y volvió a andar. Al menos, eso es lo que me han contado.
- ¿No lo vió usted?
- Yo no estaba.
A Freud le pareció que Lica ocultaba algo.
- ¿Dónde estaba usted?
- Bueno... supongo que debo decírselo. Me había escapado de casa.
Había seis o siete preguntas que Freud quería hacer; ¿cómo? ¿dónde? ¿por qué? ¿cuánto? ¿con quien? En vez de eso, dijo simplemente:
- Continúe.
- Bien, pues estaba con un chico, un amigo mío. Nos fuimos por ahí.
- ¿Tuvieron ustedes... relaciones?
- ¿Si nos acostamos, quiere decir? Claro. No hicimos otra cosa.
- ¿Era la primera vez?
- ¿Para mí o para él? - pregunto Lica, cínica - Él era mayor que yo, y sabía cómo hacerlo, así que creo que para mí sí que fué la primera vez.
- ¿Por qué lo hizo usted?
- No lo sé.
Aquella respuesta era simplemente imposible. Una ninfa de trece años que ignora qué la mueve a perder su virginidad. La respuesta parecía sincera, pero eso era lo que la hacía imposible.
- Vamos, usted debe saber qué la movió a hacerlo. Intente recordar.
- Recuerdo que él ni siquiera me gustaba. Que el principio, tenía un poco de miedo, y que me hizo daño. Pero tuve que hacerlo. Fué como un impulso. Me agarró de pronto.
- ¿Como las ganas de coger una piedra y romper un vidrio?
- Sí - rió Lica - Ya veo que Lina se lo ha contado. Pero le habrá contado la mitad, como hace siempre. La verdad es que ella fué la primera. Yo ví cómo se agachaba, recogía algo del suelo y lo lanzaba hacia la casa, pero erró el tiro. Yo no hice más que imitarla, ya sabe cómo son los críos.
Un nuevo dato. Era Lina quien había inducido a su prima a cometer su primera travesura. Parecía algo, pero tenía la sensación de no tener nada entre las manos. Analizó esa sensación, y preguntó:
- ¿Vió usted la piedra? La de Lina, quiero decir.
- No, no pude verla. Es curioso, es como si no hubiese cogido nada. Simplemente, hizo el gesto, y yo la seguí, como una tonta.
Lica, evidentemente, no tenía nada de tonta, y acababa de descubrir la verdad al mismo tiempo que Freud.
- Volvamos a su escapada. Me gustaría que intentase analizar mejor sus motivos.
- Eso es lo raro, no había motivos. No es que me importase, sabía que tarde o temprano me iba a pasar, pero no tenía una urgencia. Y un buen día, sin saber por qué, tuve la necesidad de hacerlo. Ni siquiera me parecía lo más importante del mundo, aunque para alguna lo sea. Fué como si alguien me hubiese pegado un empujón.
- ¿Quién?
Lica se incorporó y se volvió hacia Freud, mirándolo fijamente. Él sostuvo su mirada, y ambos supieron que estaban pensando lo mismo. ¿Quien? Lina, evidentemente.
- ¿Le habló ella? ¿Le dijo algo para inducirla?
- No - Lica fué categórica - Ni una palabra. Y cuando yo le conté lo que había pasado, me dió la impresión de que ella lo sabía, aunque no entiendo cómo.
- ¿Sabe lo que es el inconsciente?
- Algo he oído. Una especie de mala conciencia, ¿no? Lo que de verdad somos, pero no queremos ser.
- Más o menos.
No estaba mal, para un profano. Nada mal.
- Algunos de mis colegas - dijo Freud - un poco dados a la especulación, creen, o sospechan, que el inconsciente puede enviar y recibir mensajes de otras personas. Esa sería la base real de la intuición, aunque la verdad es que hasta ahora no ha podido probarse, y las hipótesis sin pruebas no tienen ningún valor científico.
- ¿Quiere decir que LIna me insinuó que lo hiciera?
- Es sólo una hipótesis.
- ¿Y qué tiene que ver eso con las piernas?
- ¿Qué le sugiere, la parálisis de las piernas?
- No poder caminar. No poder dar un paso. Miedo a caer.
Lica calló de pronto. Freud, intentando adivinar sus pensamientos, dijo:
- Un refrán alemán dice: “Cuando una muchacha cae, cae siempre de espaldas”.
Lica intentó reprimir una risita. Evidentemente, había captado el doble sentido.
- ¿Quiere decir que me envió a mí para saber si era tan terrible como decían? Como el que envía a un explorador a examinar el terreno.
- Tal vez. Que diese usted los pasos que ella no se atrevía a dar. ¿Le ha ocurrido más veces?
- ¿Qué quiere decir?
- Si ha habido otras ocasiones en las que se haya visto impulsada a hacer algo, sin motivo aparente.
- No. Bueno, una vez... pero preferiría no contárselo. Es demasiado vergonzoso.
- Mire - dijo Freud, pacientemente - contármelo o no, no va a cambiar el hecho. Si ocurrió, no podrá cambiarlo. Y decirlo no significa volver a hacerlo. Además, tal vez podamos hallar la clave de por qué lo hizo. Y si es así, ese recuerdo dejará de molestarla, porque usted lo habrá dominado.
Lica estuvo unos momentos silenciosa. Freud iba a decir algo más, cuando ella rompió a hablar.
- Era un amigo de mi tío, un hombre mayor. Muy correcto, muy educado. Nadie lo habría dicho, de él. El caso es que le gustaban las jovencitas. Muy jovencitas, ya me entiende.
- ¿Niñas?
- Sí. Ahora me doy cuenta de que de repente, me pareció que tenía que ser amable con él. No sabía por qué, pero me encontraba sentada siempre cerca de él, a su lado si era posible, escuchándolo hablar. Poco a poco, empezó a prestarme atención, aunque antes no se había fijado en mí y sólo tenía ojos para Lina. Tampoco sé por qué, pero alguna vez se me escapó algún comentario un poco atrevido. Algo impropio de una señorita bien educada, si sabe lo que quiero decir.
“La cosa se fué complicando. Todo no era más que una serie de malentendidos, porque yo no tenía ninguna intención de perseguirlo, pero entre nosotros llegó a haber una especie de complicidad. Un día me invitó a una exposición de arte, y no sé por qué acepté. Había una serie de esculturas, desnudos, y me preguntó si me gustaban. Dijo que ya suponía que no me escandalizarían, que sabía que yo no era una mojigata. La verdad es que se andaba con mucho tiento, y daba grandes rodeos, aunque yo ya me barruntaba dónde quería ir a parar. Supongo que quería guardarse las espaldas, y si yo me alarmaba o lo delataba, poder decir que lo había interpretado mal.
“Empezó a hablarme de las modelos, las que habían posado para las esculturas. Me preguntó si me parecían unas descaradas. Yo le dije que no, que a cualquier mujer bonita le gusta que la miren, aunque algunas de las que había allí habrían hecho mejor tapándose. Él se echó a reir y comentó que yo podía decir eso, porque parecía tener tan buena figura como ellas. Esperó a ver cómo reaccionaba yo. Me sentía rara, como si estuviese bloqueada, con la mente en blanco, pero mis respuestas eran tan precisas como una jugada de ajedrez. Seguía el juego sin pensar, como si no fuese yo.
“Él no era pintor, ni escultor, ni siquiera dibujante. No tenía una buena excusa a mano para pedirme que posara para él. Así que no pudo usarla. Simplemente, mientras encendía un cigarrillo, comentó que le gustaría comprobar si yo tenía realmente tan buena figura como parecía. Me espiaba de reojo. Me oí preguntar si las modelos cobraban por posar, y él respondió: “Pídame lo que quiera”. Y yo dije: “Bombones”.
“Fuimos a su casa. Tenía un salón grande y mal iluminado, pero él colocó dos o tres lámparas de pie cerca del centro, mientras decía que yo me merecía todos los focos del escenario. Yo estaba helada de frío al principio, pero en cuanto empecé a quitarme la ropa, me pasó.
- ¿Qué hizo él? ¿Llegó a tocarla?
- No. Sólo quería ver cómo me desnudaba, eso era todo. No pude ver lo que hacía él, mientras tanto; las luces me deslumbraban, y él se había situado en el rincón más oscuro. Cuando estuve desnuda, una idea loca, intenté dar unos pasos de baile. Creo que fué la única cosa consciente que hice aquella tarde. Él me gritó “Basta”, y me dijo que podía volver a vestirme. Me llevó a casa, y al día siguiente se presentó con una caja de los bombones más caros que pudo encontrar.
- Supongo que no pudo usted probar los bombones.
- Los detesto. Le regalé la caja a Lina, a ella la vuelven loca.
Hubo un pesado silencio. El nombre de Lina había aparecido de nuevo, pero esta vez no precisaron mirarse para saber que pensaban lo mismo. Finalmente, Lina dijo:
- Ha ocurrido más veces. A veces, ni yo misma sé por qué me comporto así. Y hay veces que me siento como un cubo de basura. Verá usted, no me asustaría desnudarme ante mi marido, o ante un hombre al que quisiera, pero aquello fué tan... sórdido.
- Triste, más que sórdido, diría yo - dijo Freud - Pero en todo caso, era él el sórdido, no usted.
- Eso es lo que hacen las prostitutas, ¿no? Exhibirse por dinero. Y otras cosas, claro.
- No cargue las culpas en quien no las merece, y sobre todo, no las cargue en usted. Si hay prostitutas, es porque hay clientes, así que ¿de quién es la culpa?
- ¿Por qué hago estas cosas, doctor?
- Francamente, no creo que sea usted responsable de todas y cada una de las cosas que ha hecho. Normalmente, creería que la causa está en usted misma, en su subconsciente, pero esta vez no estoy tan seguro.
- ¿Cree usted que es Lina?
- Creo que tenemos sólo una hipótesis de trabajo, muy pocos hechos y ninguna prueba.
Lica, pensativa, dijo:
- Es raro que el doctor Thomas no le hablase a usted de lo de la parálisis de Lina. No debía saberlo. Me sorprende que un profesional de su competencia no hiciese alguna indagación sobre la salud de Lina.
- No siempre ha tenido usted tan buena opinión del doctor Thomas, según me han dicho.
- ¿Por qué lo dice?
- Tengo entendido que le reprochó usted su actitud hacia Lina.
- Jamás he hecho eso.
- ¿No lo abordó usted en la calle para recriminarlo?
- Recuerdo haberlo encontrado alguna vez, pero me limité a saludarlo, eso es todo. ¿Qué ocurre? ¿Qué le han contado?
- Nada importante - dijo Freud - debe haber una confusión. Algún duendecillo, como solemos decir, que ha trabucado los nombres.
- ¿Cree usted en duendes? Son unos individuos desagradables y groseros. Prefiero las hadas.
Freud dió un respingo, y volvió a sentirse incómodo. Lica seguía hablando:
- ¿Sabe por qué vuelan, las hadas? Porque para ellas no rije ninguna ley; ni siquiera, la ley de la gravedad. Eso es lo que dice Lina.
Freud se removió inquieto en su asiento. De golpe, Lica se echó a reir, con una risa franca y abierta. Ante el asombro de Freud, cuando pudo hablar, dijo:
- Perdone. Es que me lo acabo de imaginar a usted, doctor Freud, vestido de hada.
Freud sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Dios del cielo, ¿qué era aquello? Intentó sobreponerse, mientras Lica decía:
- Supongo que querrá verme de nuevo mañana, ¿verdad?
Freud, aún alterado, respondió:
- No, no. Será mejor que vuelva a venir su prima.
- Eso quería decir - dijo Lica, como pensando en otra cosa.
Freud estaba tan nervioso que no llegó a oir la última frase, y despidió a Lica con más prisa de la que pedía la cortesía. Una vez a solas, se sentó e intentó calmarse. Apeló a su sentido crítico para examinar los hechos con objetividad. Lika no podía conocer sus sueños, era imposible. Además, aquel sueño no tenía sentido para él, aunque la impresión que le había causado había durado todo el día.
Se dijo que si las hadas le provocaban malestar, debía enfrentarse a ello, y profundizar su análisis. Era la única forma de superarlo. Partió de la frase de Lina; ninguna ley regía para ellas, como para el psiquiatra. En el ejercicio de su profesión, no valían la discreción ni los remilgos. A veces, ensuciarse las manos y torturar a los pacientes, obligándolos a enfrentarse a lo que más temían, era la única forma de salvarlos.
Varios temas se agolpaban en su mente, y metódicamente, tomó una hoja de papel y los apuntó. En un primer momento, ni siquiera se dió cuenta de que había escrito Lika, con ka. Volvió a las hadas, unos seres etéreos y alados. Como los ángeles. Cayó en la cuenta de que Lina era en realidad Angelina, que por lo que él sabía de español, era el femenino de ángel. Pero no parecía muy angélica. A diferencia de los ángeles, que servían a Dios, las hadas no servían a nadie, salvo a sí mismas. Y si a veces se hablaba de hadas buenas, es porque las había malas. Tal vez Lina era una de ellas. Tal vez, con una varita mágica, había encontrado la forma de convertir a la princesa Lika en una rana, mejor, en un sapo. Pero esa improbable respuesta tenía otras preguntas: cómo, y por qué.
¿Cómo? Todos tenemos la capacidad de despertar sentimientos en los demás. De otro modo, la vida social sería imposible. Podemos persuadir, convencer, motivar, conmover. Se puede inspirar respeto, confianza o amor. Pero a menudo lo hacemos de forma consciente, y a veces verbal. No siempre, claro. Una mujer puede descubrir, con sorpresa, que ha seducido a un hombre de forma inconsciente, aunque no se pueda calificar de involuntaria, ya que ha existido al menos la voluntad de agradar. Lina parecía haber descubierto otra forma. Sin hablar, sin lanzar mensajes imperceptibles, incluso a distancia. Tal vez era cierto que el inconsciente podía enviar y recibir mensajes del inconsciente de otras personas. Tal vez los actos de Lika eran proyecciones de Lina. Proyecciones, emanaciones, reencarnaciones. Su pensamiento, al divagar, había llegado hasta la filosofía hindú. Recordó que, para aquella mentalidad, la única realidad auténtica era algo que podía definirse como “el mar del que nacen los dioses”. Un confuso magma de instintos, tendencias, deseos, sentimientos, aspiraciones y sueños, en perpetua ebullición. Algo muy parecido al inconsciente, en verdad.


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