Cerca de la Alameda
Al final del cuento "El Reloj", comentaba que no sbaía cuál había sido la suerte del protagonista, y añadía: pero si lo desean, puedo intentar averiguarlo. Pues bien, en cierta forma, el cuento de hoy se puede considerar una continuación de aquel, y se da alguna indicación de lo que le sucedió. De todas formas, no es preciso haber leído aquel cuento para leer el de hoy.
CERCA DE LA ALAMEDA
Era una ciudad pequeña, con varias iglesias antiguas, varias cafeterías modernas y dos o tres plazas especializadas. Una en jubilados, otra en niños, y la que estaba ocupada por el mercado. Y la alameda. En la plaza en la que solían reunirse los jubilados a tomar el sol había librerías de viejo, un herbolario, una anticuada ferretería y una casa de empeño, en la que solían depositarse viejas condecoraciones y el sable de la guerra, más o menos hacia el 20 de cada mes. Y en cuanto se cobraban las pensiones, todos aquellos objetos eran recuperados. Claro está que eso provocaba una cierta tirantez entre el dueño de la casa de empeños y el apoderado de la caja de ahorros, sucursal de la plaza. El segundo acusaba al primero de competencia desleal y encubierta.
- Si necesitan dinero, que me lo vengan a pedir a mí – decía el apoderado – Yo les concedo un préstamo, y listo.
- Ya – decía el dueño de la casa de empeños – y les cobrarías un interés abusivo, con la excusa del comité interbancario y todos esos trucos: cámara de compensación, penalizaciones de cancelación, trámites y papeleo. Conmigo, ya saben lo que les va a costar. Pero contigo...
- Sí – replicaba el apoderado – pero yo no me quedo con los efectos personales del que a primeros de mes ya no se presenta a retirarlos.
Era una vieja disputa, una de las mil cosas que las gentes de las pequeñas ciudades se inventan para pasar el tiempo. Como hacían los curas de las distintas iglesias, que pasaban lista a cada celebración, para saber si algún parroquiano había decidido pasarse a la competencia. En la anticuada ferretería había un dependiente joven, sin la menor idea de dónde estaba nada, y que sólo servía para envolver cosas en papeles de diario, y pedir a los clientes que esperasen un momento mientras el dueño acababa de atender a otros clientes.
En la plaza dedicada a los niños había unos parterres con plantas, ahora peladas y secas, ya que los chiquillos habían adquirido la costumbre de comerse las hojas. Había también algunos árboles, a los que la altura salvaba de bastantes agresiones, y que estaban poblados por bandadas de pájaros, que se vengaban del género humano ensuciando a cualquiera que se pusiese debajo. Por las mañanas y las tardes, los niños jugaban, si hacía buen sol. Y sus madres los miraban satisfechas, mientras charlaban entre ellas y discutían la mejor manera de quitar las manchas de los pájaros.
La plaza del mercado tenía dos o tres cafés con solera, que cerraban a la puesta del sol, ya que abrían cuando aún era de noche, para servir el primer café a las verduleras, carniceras y pescaderas de los puestos. Los mejores cafés de la ciudad, según era fama. Y los famosos cafés con leche, en vaso, naturalmente, que era preciso envolver con un mínimo de tres capas de servilletas de papel para no quemarse los dedos, ya que los servían un poquito por debajo del punto de ebullición. Hasta las dos de la tarde, la actividad era frenética. A partir de esa hora, sólo pasaban por allí los desocupados, algunos indigentes que se adelantaban a los basureros para recoger los restos de verduras, y los desorientados que no sabían a qué hora está establecido ir a comprar.
En una de las calles que desembocaban en la alameda, estaba la tiendecita del relojero. Una tienda que cabía calificar de insospechada, ya que todos los que se fijaban en ella se sorprendían de no haberla visto antes, de no recordarla. Tal vez ocurría con ella lo contrario de lo que pasa con tantas otras cosas, y uno la encontraba sólo cuando la necesitaba. El relojero era un hombre de edad inconcreta; a veces parecía mayor, otras casi un anciano, y en ocasiones de mediana edad. Ello se debía, sin duda, a su oficio, que le permitía jugar con el tiempo.
Una mañana entró en la tienda una mujer enlutada. Depositó sobre el mostrador un reloj de pared, y dijo:
- Venía a ver si podía arreglar este reloj.
- ¿Qué le pasa? – preguntó el relojero - ¿Se para? ¿Atrasa o adelanta?
- No, no es nada de eso. Es que parece que sólo marque horas desgraciadas.
- Eso es muy raro – dijo el relojero – En todos los años que llevo en esto, no he visto nunca un reloj que sólo tenga horas tristes, igual que no he visto ninguno que sólo tenga horas felices. ¿Está segura?
- Véalo usted mismo, si no me cree. Sólo tiene que escucharlo.
El relojero pegó el oído al reloj, y escuchó su tic-tac cansino y apagado. Lo adelantó hasta el cuarto de hora, y se oyó un tañido triste y solemne, como el de una campana tocando a muerto.
- No cabe duda – dijo – Es como usted dice. Déjemelo, a ver qué puedo hacer. Pero ya le adelanto que no será nada fácil.
La mujer se despidió, y antes de que el relojero pudiese darse la vuelta, ya había entrado un muchacho, que antes de abrir la boca ya se estaba quitando el reloj de pulsera.
- Este reloj – dijo – no va bien.
- Buenos días – dijo el relojero.
- Buenos días – respodnió el muchacho, alargándole el reloj - ¿Lo podría revisar, a ver qué le pasa?
- Parece un buen reloj – dijo el relojero, calzándose la lupa en el ojo.
- Me lo regalaron mis padres.
- Y, ¿qué le notas, exactamente?
- Pues, a veces las horas pasan muy despacio...
- Eso ocurre a veces – intervino el relojero – si se le da cuerda con demasiada impaciencia.
- ... y otras van demasiado deprisa – concluyó el muchacho.
El relojero abrió el ojo, dejando caer la lupa, que fue a parar a su mano, y contempló al muchacho.
- ¿Te has fijado – preguntó – qué horas son las que pasan demasiado rápidas?
- Pues... yo diría que es a partir de las cinco. Eso es, desde las cinco de la tarde hasta las siete o las ocho.
El relojero meditó unos instantes.
- ¿Dónde sueles estar a esa hora? – preguntó.
- Oh – dijo el muchacho – a esas horas, a veces me doy una vuelta por la alameda.
- Muy bien, pues vamos a hacer una cosa. Déjame el reloj; lo voy a comprobar. Y esta tarde, si puedes venir a las cuatro y media, te espero aquí. Iremos los dos a la alameda, y comprobaremos qué le pasa.
Esa tarde, poco después de las cuatro y media, estaban ambos sentados en un banco de la alameda. La tarde transcurría tranquila, hasta el punto de hacer verosímil que el reloj fuese más despacio de lo correcto. El relojero sabía sin embargo que el ritmo era el adecuado, y que todas las horas eran iguales. Los últimos cinco minutos antes de las cinco se hiiceron eternos, como reflejaba perfectamente la creciente impaciencia del muchacho.
A las cinco en punto, se abrieron las puertas del edificio frente al banco, y salió al paseo una bandada de muchachas uniformadas, las alumnas de la academia. Un grupito pasó cuchicheando ante ellos. Una de las mocitas los miró furtivamente e intentó en vano contener una risita. El relojero pudo ver de reojo cómo enrojecía el muchacho, sentado a su lado. No necesitaba más.
- Tendrás que venir mañana a recoger el reloj – le dijo – Por ahora, si tienes algo que hacer, puedes irte.
El muchacho saludó precipitadamente y salió corriendo en dirección al grupito de alumnas, pero a las pocas zancadas se detuvo y adoptó un paso afectadamente despreocupado, aunque suficiente para alcanzarlas. El relojero pensó que tal vez, su única finalidad fuera saludar especialmente a la muchacha de la risita, con un “buenas tardes”, o una solemne inclinación de cabeza, casi una reverencia.
Al día siguiente, cuando el muchacho fue a recoger el reloj, el relojero le dijo:
- Tenías razón. Este reloj marca unas horas más lentas que otras. Y sin embargo, es un buen reloj.
El muchacho lo miraba expectante. El relojero continuó:
- ¿Sabes cuál es el problema? Este reloj es demasiado nuevo. Algunos relojes necesitan un tiempo de adaptación, de rodaje. Yo diría que si lo conservas y le das cuerda regularmente, dentro de unos años irá perfectamente. Y tendrás un reloj para toda la vida.
El muchacho asintió, con aire responsable. Luego, sin abandonar su formalidad, preguntó:
- ¿Me dice cuánto le debo, por favor?
- En dinero, nada – respondió el relojero – Pero algo sí te voy a pedir: que si nos encontramos por la alameda, me saludes. ¿Te parece un buen precio?
El muchacho asintió, dijo “buenas tardes” y se fue rápidamente. El relojero miró la hora. Faltaban escasos minutos para las cinco.
Al día siguiente se presentó la mujer enlutada del reloj triste.
- ¿Ha podido mirarse mi reloj? – preguntó.
- Claro que sí, señora – mintió el relojero – Pero no acabo de localizar el problema. Me temo que tendrá que ayudarme.
- Pero, yo no entiendo nada de relojes.
El relojero la miró. No parecería tan mayor, si se vistiese de otra forma y sonriese de vez en cuando, pensó.
- Dígame, ¿pasa muchas horas en casa?
- No salgo casi nunca.
- Ya. ¿Sería indiscreto preguntarle por qué?
La mujer suspiró y miró a su alrededor.
- ¿Está cansada? – preguntó el relojero - ¿Me permite ofrecerle una silla?
La sonrisa de agradecimiento de la mujer fue suficiente para que el relojero se precipitase a la trastienda, de la que volvió con una silla.
- Soy viuda – dijo la mujer, una vez sentada – desde hace tres años. Y no está bien que una mujer en mi estado salga por ahí a divertirse.
El relojero le dedicó una mirada evaluativa y pudo comprobar que el tic-tac de ella era quizás un tanto pausado, pero aún fuerte.
- ¿Es muy importante el reloj? – preguntó – Quiero decir, ¿es un recuerdo de familia, o algo así?
- Fue un regalo de boda. Lo teníamos en el comedor, y marcó todas la horas de nuestra vida. Es raro, entonces era un reloj alegre, simpático.
- ¿Sabe una cosa? Muchos no se dan cuenta, no es, desde luego, su caso, pero los relojes tienen una personalidad propia. Es una máquina hecha a mano, y no por otras máquinas. Y notan la influencia de la gente con la que viven. Hay relojes a los que no les importa una imprecisión de algunos minutos, lo mismo que a sus dueños. Los hay tiránicos y despóticos, porque los dejan gobernar. Algunos se paran en el momento en que mueren sus amos, y no hay forma de volver a ponerlos en marcha.
“Y su reloj, señora, tiene un problema, ahora me doy cuenta. Querría estar solo, querría poder acostumbrarse, pero no puede, mientras usted esté pendiente de él. ¿Cómo se sentiría usted si se sintiese constantemente observada?
- Muy mal – admitió la mujer.
- ¿Lo ve? Pues a él le pasa lo mismo. Mucho me temo que la única solución va a ser que salga cada tarde y le deje unos momentos de tranquilidad, mejor unas horas.
- Pero, ¿dónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer?
- No vaya a las plazas. Vaya a la alameda. Recórrala de arriba abajo dos veces, y luego, si está cansada, siéntese en un banco. Pero no vuelva a casa antes de las siete.
La mujer se marchó, con el reloj de pared envuelto en papel de periódico. Un día, apareció por la tienda una mujer, de penetrante mirada color verde mar, cargada con un reloj de sobremesa, uno de esos objetos que parecen concebidos para la repisa de la chimenea. Lo depositó sobre el mostrador y dijo:
- Mire, no creo que pueda hacer nada, pero no quiero dejar de intentarlo. ¿Puede mirarse este reloj, a ver si hay alguna esperanza?
El relojero asintió, se calzó la lupa y abrió la esfera para examinar el interior.
- Señora – dijo . lo que veo aquí es mucha tristeza. Y ese polvillo dorado del fondo... si no fuera porque es imposible, yo diría que son restos de ilusión. Dígame, ¿qué pasó con este reloj?
- Supongo que es culpa mía – dijo la mujer, y sus ojos se volvieron más claros, como si fuese a llorar – No debía haber puesto la rosa frente a él.
- ¿Una rosa?
- Bueno, yo la iba cambiando, para que estuviese siempre fresca.
- Ya veo. Es curioso, por años de oficio que tenga uno, nunca acaba de saberlo todo, de los relojes. Si quiere, puedo desmontarlo, limpiarlo. Pero me temo que será inútil. No creo que tenga ganas de volver a andar. Y yo no conozco remedio para su mal. Si es que es un mal.
La mujer le lanzó una extraña mirada.
- No importa – dijo – No lo toque, no lo limpie. Será mejor que lo dejemos en paz. Me da lo mismo que no funcione. Me lo voy a llevar, y le aseguro que siempre lo voy a tener conmigo. Como recuerdo, aunque no pueda explicarle exactamente recuerdo de qué.
El relojero volvió a cerrar el reloj, la mujer lo recogió y salió de la tienda. A la mañana siguiente, entró en la tienda un viejecito, que puso sobre el mostrador un viejo reloj de bolsillo y dijo:
- Arréglemelo.
El relojero preguntó:
- ¿Qué le pasa?
- Hace lo que quiere – dijo el anciano – A veces, se pasa días sin andar. Y de repente, en una hora adelanta tres. Es como si el tiempo no tuviese sentido. Un trasto inútil, tal vez demasiado viejo, que sería mejor tirar.
Mientras el relojero abría la tapa para echar un vistazo a la maquinaria, el viejecito añadió:
- No es que me importe mucho el reloj. Para la falta que me hace, figúrese. Es que si no funciona, el de la casa de empeños no me va a dar nada por él.
El relojero, mientras limpiaba las entrañas del reloj con un pincelito, se imaginó al anciano, intentando convencer al prestamista para poder llegar a final de mes. Intuyó una vida monótona y sin alicientes, con otros viejos como él por toda compañía.
- Verá – dijo finalmente – me temo que lo que este reloj necesita es una especie de vacaciones.
El viejecito lo escudriñó con una mirada desconfiada, intentando averiguar si se burlaba de él.
- Hablo en serio - dijo el relojero – Parece que se ha cansado de usted, y le gustaría pasar una temporada con otra persona.
- ¿Él también? – dijo el viejo -¿Ese maldito trasto tampoco me aguanta?
El relojero fingió pasar por alto el comentario, y preguntó:
- ¿Tiene familia?
- Pues claro que tengo familia, a ver qué se cree. Dos hijos, tengo. Uno está lejos, en sus cosas, y el otro está aquí mismo, pero tampoco se acuerda de su padre, el muy desagradecido. Cría cuervos...
- ¿Y nietos? ¿Tiene nietos?
- Pues sí, ahora que lo dice, tengo dos. Un chico y una chica.
- Mire, lo mejor sería que le prestase el reloj por una temporada a uno de sus nietos. Tal vez al chico...
- No sabría cuidarlo. Lo rompería. Marisa, aunque sea más pequeña, es más cuidadosa. Se parece mucho a su abuela.
- Bueno – dijo el relojero – entonces tendrá que ser ella. Aunque un reloj como éste, casi una pieza de museo, es algo que hay que saber cuidar. Será mejor que controle de cerca de su nieta, a ver si le da cuerda cuando toca, y lo mantiene limpio.
- Voy a tener que ir a verla a menudo – dijo el anciano, con aparente disgusto.
- Eso me temo. Además, como me doy cuenta de que es una situación un tanto chocante, tal vez convendría que sólo se enterasen las personas imprescindibles.
- Será un secreto entre ella y yo – dijo el viejecito, con una chispa en los ojos – Traiga el reloj, ahora mismo me voy a verla.
El viejecito recogió el reloj de un manotazo, y salió precipitadamente. El relojero sonrió y miró la hora. ¡Qué tarde era ya! Hora de cerrar la tienda para irse a comer.
Al cabo de unos días, a última hora de la tarde, el relojero paseaba por la alameda. Se vió obligado a responder al efusivo “buenas tardes” que le dedicó un muchacho sentado en uno de los bancos al lado de una chica con el uniforme de la academia. Un poco más allá, una mujer que se parecía mucho a la viuda, sólo que más joven y alegre, charlaba animadamente con un grupo de amigas de sus edad. ¿Quién sabe? Tal vez, dentro de un tiempo, alguno de los hombres solos que paseaban al perro se acercaría al grupo, intentando entablar conversación.
Una conversación que sin duda tardaría un tiempo en volverse tan animada como la que sostenía un abuelo con su nieta, unos bancos más allá. El relojero vió interrumpido su paseo por una mujer que se le plantó en medio del paseo, diciéndole:
- Usted es el relojero, ¿verdad?
La mano de ella acariciaba su falda como si buscase el borde de un delantal para retorcerlo. El relojero sospechó que era una de las vendedoras del mercado.
- Pues sí – respondió.
- Es que... verá, yo tengo un reloj que me gustaría que le echase un vistazo.
- Bueno, no hay ningún problema. Si me lo trae a la tienda...
La mujer, inopinadamente, se echó a reir, demasiado agudo y demasiado fuerte.
- ¡Ja, ja! No va a poder ser. Es un reloj de péndulo, ¿sabe? De pie, quiero decir. Hombre, yo ya soy fuerte, ya pero... Lo mejor sería que viniese a casa. ¿Le gusta el café, o prefiere el té?
El relojero miró al cielo, por encima de los álamos, que empezaba a oscurecerse. Aquella iba a ser, sin duda, una reparación comprometida.
Tal como decía, en una de las calles, cerca de la alameda, había una pequeña tienda. Y en ella, un individuo de edad indefinida, que se dedicaba a arreglar relojes.
Bueno, eso es lo que él decía.
CERCA DE LA ALAMEDA
Era una ciudad pequeña, con varias iglesias antiguas, varias cafeterías modernas y dos o tres plazas especializadas. Una en jubilados, otra en niños, y la que estaba ocupada por el mercado. Y la alameda. En la plaza en la que solían reunirse los jubilados a tomar el sol había librerías de viejo, un herbolario, una anticuada ferretería y una casa de empeño, en la que solían depositarse viejas condecoraciones y el sable de la guerra, más o menos hacia el 20 de cada mes. Y en cuanto se cobraban las pensiones, todos aquellos objetos eran recuperados. Claro está que eso provocaba una cierta tirantez entre el dueño de la casa de empeños y el apoderado de la caja de ahorros, sucursal de la plaza. El segundo acusaba al primero de competencia desleal y encubierta.
- Si necesitan dinero, que me lo vengan a pedir a mí – decía el apoderado – Yo les concedo un préstamo, y listo.
- Ya – decía el dueño de la casa de empeños – y les cobrarías un interés abusivo, con la excusa del comité interbancario y todos esos trucos: cámara de compensación, penalizaciones de cancelación, trámites y papeleo. Conmigo, ya saben lo que les va a costar. Pero contigo...
- Sí – replicaba el apoderado – pero yo no me quedo con los efectos personales del que a primeros de mes ya no se presenta a retirarlos.
Era una vieja disputa, una de las mil cosas que las gentes de las pequeñas ciudades se inventan para pasar el tiempo. Como hacían los curas de las distintas iglesias, que pasaban lista a cada celebración, para saber si algún parroquiano había decidido pasarse a la competencia. En la anticuada ferretería había un dependiente joven, sin la menor idea de dónde estaba nada, y que sólo servía para envolver cosas en papeles de diario, y pedir a los clientes que esperasen un momento mientras el dueño acababa de atender a otros clientes.
En la plaza dedicada a los niños había unos parterres con plantas, ahora peladas y secas, ya que los chiquillos habían adquirido la costumbre de comerse las hojas. Había también algunos árboles, a los que la altura salvaba de bastantes agresiones, y que estaban poblados por bandadas de pájaros, que se vengaban del género humano ensuciando a cualquiera que se pusiese debajo. Por las mañanas y las tardes, los niños jugaban, si hacía buen sol. Y sus madres los miraban satisfechas, mientras charlaban entre ellas y discutían la mejor manera de quitar las manchas de los pájaros.
La plaza del mercado tenía dos o tres cafés con solera, que cerraban a la puesta del sol, ya que abrían cuando aún era de noche, para servir el primer café a las verduleras, carniceras y pescaderas de los puestos. Los mejores cafés de la ciudad, según era fama. Y los famosos cafés con leche, en vaso, naturalmente, que era preciso envolver con un mínimo de tres capas de servilletas de papel para no quemarse los dedos, ya que los servían un poquito por debajo del punto de ebullición. Hasta las dos de la tarde, la actividad era frenética. A partir de esa hora, sólo pasaban por allí los desocupados, algunos indigentes que se adelantaban a los basureros para recoger los restos de verduras, y los desorientados que no sabían a qué hora está establecido ir a comprar.
En una de las calles que desembocaban en la alameda, estaba la tiendecita del relojero. Una tienda que cabía calificar de insospechada, ya que todos los que se fijaban en ella se sorprendían de no haberla visto antes, de no recordarla. Tal vez ocurría con ella lo contrario de lo que pasa con tantas otras cosas, y uno la encontraba sólo cuando la necesitaba. El relojero era un hombre de edad inconcreta; a veces parecía mayor, otras casi un anciano, y en ocasiones de mediana edad. Ello se debía, sin duda, a su oficio, que le permitía jugar con el tiempo.
Una mañana entró en la tienda una mujer enlutada. Depositó sobre el mostrador un reloj de pared, y dijo:
- Venía a ver si podía arreglar este reloj.
- ¿Qué le pasa? – preguntó el relojero - ¿Se para? ¿Atrasa o adelanta?
- No, no es nada de eso. Es que parece que sólo marque horas desgraciadas.
- Eso es muy raro – dijo el relojero – En todos los años que llevo en esto, no he visto nunca un reloj que sólo tenga horas tristes, igual que no he visto ninguno que sólo tenga horas felices. ¿Está segura?
- Véalo usted mismo, si no me cree. Sólo tiene que escucharlo.
El relojero pegó el oído al reloj, y escuchó su tic-tac cansino y apagado. Lo adelantó hasta el cuarto de hora, y se oyó un tañido triste y solemne, como el de una campana tocando a muerto.
- No cabe duda – dijo – Es como usted dice. Déjemelo, a ver qué puedo hacer. Pero ya le adelanto que no será nada fácil.
La mujer se despidió, y antes de que el relojero pudiese darse la vuelta, ya había entrado un muchacho, que antes de abrir la boca ya se estaba quitando el reloj de pulsera.
- Este reloj – dijo – no va bien.
- Buenos días – dijo el relojero.
- Buenos días – respodnió el muchacho, alargándole el reloj - ¿Lo podría revisar, a ver qué le pasa?
- Parece un buen reloj – dijo el relojero, calzándose la lupa en el ojo.
- Me lo regalaron mis padres.
- Y, ¿qué le notas, exactamente?
- Pues, a veces las horas pasan muy despacio...
- Eso ocurre a veces – intervino el relojero – si se le da cuerda con demasiada impaciencia.
- ... y otras van demasiado deprisa – concluyó el muchacho.
El relojero abrió el ojo, dejando caer la lupa, que fue a parar a su mano, y contempló al muchacho.
- ¿Te has fijado – preguntó – qué horas son las que pasan demasiado rápidas?
- Pues... yo diría que es a partir de las cinco. Eso es, desde las cinco de la tarde hasta las siete o las ocho.
El relojero meditó unos instantes.
- ¿Dónde sueles estar a esa hora? – preguntó.
- Oh – dijo el muchacho – a esas horas, a veces me doy una vuelta por la alameda.
- Muy bien, pues vamos a hacer una cosa. Déjame el reloj; lo voy a comprobar. Y esta tarde, si puedes venir a las cuatro y media, te espero aquí. Iremos los dos a la alameda, y comprobaremos qué le pasa.
Esa tarde, poco después de las cuatro y media, estaban ambos sentados en un banco de la alameda. La tarde transcurría tranquila, hasta el punto de hacer verosímil que el reloj fuese más despacio de lo correcto. El relojero sabía sin embargo que el ritmo era el adecuado, y que todas las horas eran iguales. Los últimos cinco minutos antes de las cinco se hiiceron eternos, como reflejaba perfectamente la creciente impaciencia del muchacho.
A las cinco en punto, se abrieron las puertas del edificio frente al banco, y salió al paseo una bandada de muchachas uniformadas, las alumnas de la academia. Un grupito pasó cuchicheando ante ellos. Una de las mocitas los miró furtivamente e intentó en vano contener una risita. El relojero pudo ver de reojo cómo enrojecía el muchacho, sentado a su lado. No necesitaba más.
- Tendrás que venir mañana a recoger el reloj – le dijo – Por ahora, si tienes algo que hacer, puedes irte.
El muchacho saludó precipitadamente y salió corriendo en dirección al grupito de alumnas, pero a las pocas zancadas se detuvo y adoptó un paso afectadamente despreocupado, aunque suficiente para alcanzarlas. El relojero pensó que tal vez, su única finalidad fuera saludar especialmente a la muchacha de la risita, con un “buenas tardes”, o una solemne inclinación de cabeza, casi una reverencia.
Al día siguiente, cuando el muchacho fue a recoger el reloj, el relojero le dijo:
- Tenías razón. Este reloj marca unas horas más lentas que otras. Y sin embargo, es un buen reloj.
El muchacho lo miraba expectante. El relojero continuó:
- ¿Sabes cuál es el problema? Este reloj es demasiado nuevo. Algunos relojes necesitan un tiempo de adaptación, de rodaje. Yo diría que si lo conservas y le das cuerda regularmente, dentro de unos años irá perfectamente. Y tendrás un reloj para toda la vida.
El muchacho asintió, con aire responsable. Luego, sin abandonar su formalidad, preguntó:
- ¿Me dice cuánto le debo, por favor?
- En dinero, nada – respondió el relojero – Pero algo sí te voy a pedir: que si nos encontramos por la alameda, me saludes. ¿Te parece un buen precio?
El muchacho asintió, dijo “buenas tardes” y se fue rápidamente. El relojero miró la hora. Faltaban escasos minutos para las cinco.
Al día siguiente se presentó la mujer enlutada del reloj triste.
- ¿Ha podido mirarse mi reloj? – preguntó.
- Claro que sí, señora – mintió el relojero – Pero no acabo de localizar el problema. Me temo que tendrá que ayudarme.
- Pero, yo no entiendo nada de relojes.
El relojero la miró. No parecería tan mayor, si se vistiese de otra forma y sonriese de vez en cuando, pensó.
- Dígame, ¿pasa muchas horas en casa?
- No salgo casi nunca.
- Ya. ¿Sería indiscreto preguntarle por qué?
La mujer suspiró y miró a su alrededor.
- ¿Está cansada? – preguntó el relojero - ¿Me permite ofrecerle una silla?
La sonrisa de agradecimiento de la mujer fue suficiente para que el relojero se precipitase a la trastienda, de la que volvió con una silla.
- Soy viuda – dijo la mujer, una vez sentada – desde hace tres años. Y no está bien que una mujer en mi estado salga por ahí a divertirse.
El relojero le dedicó una mirada evaluativa y pudo comprobar que el tic-tac de ella era quizás un tanto pausado, pero aún fuerte.
- ¿Es muy importante el reloj? – preguntó – Quiero decir, ¿es un recuerdo de familia, o algo así?
- Fue un regalo de boda. Lo teníamos en el comedor, y marcó todas la horas de nuestra vida. Es raro, entonces era un reloj alegre, simpático.
- ¿Sabe una cosa? Muchos no se dan cuenta, no es, desde luego, su caso, pero los relojes tienen una personalidad propia. Es una máquina hecha a mano, y no por otras máquinas. Y notan la influencia de la gente con la que viven. Hay relojes a los que no les importa una imprecisión de algunos minutos, lo mismo que a sus dueños. Los hay tiránicos y despóticos, porque los dejan gobernar. Algunos se paran en el momento en que mueren sus amos, y no hay forma de volver a ponerlos en marcha.
“Y su reloj, señora, tiene un problema, ahora me doy cuenta. Querría estar solo, querría poder acostumbrarse, pero no puede, mientras usted esté pendiente de él. ¿Cómo se sentiría usted si se sintiese constantemente observada?
- Muy mal – admitió la mujer.
- ¿Lo ve? Pues a él le pasa lo mismo. Mucho me temo que la única solución va a ser que salga cada tarde y le deje unos momentos de tranquilidad, mejor unas horas.
- Pero, ¿dónde voy a ir? ¿Qué voy a hacer?
- No vaya a las plazas. Vaya a la alameda. Recórrala de arriba abajo dos veces, y luego, si está cansada, siéntese en un banco. Pero no vuelva a casa antes de las siete.
La mujer se marchó, con el reloj de pared envuelto en papel de periódico. Un día, apareció por la tienda una mujer, de penetrante mirada color verde mar, cargada con un reloj de sobremesa, uno de esos objetos que parecen concebidos para la repisa de la chimenea. Lo depositó sobre el mostrador y dijo:
- Mire, no creo que pueda hacer nada, pero no quiero dejar de intentarlo. ¿Puede mirarse este reloj, a ver si hay alguna esperanza?
El relojero asintió, se calzó la lupa y abrió la esfera para examinar el interior.
- Señora – dijo . lo que veo aquí es mucha tristeza. Y ese polvillo dorado del fondo... si no fuera porque es imposible, yo diría que son restos de ilusión. Dígame, ¿qué pasó con este reloj?
- Supongo que es culpa mía – dijo la mujer, y sus ojos se volvieron más claros, como si fuese a llorar – No debía haber puesto la rosa frente a él.
- ¿Una rosa?
- Bueno, yo la iba cambiando, para que estuviese siempre fresca.
- Ya veo. Es curioso, por años de oficio que tenga uno, nunca acaba de saberlo todo, de los relojes. Si quiere, puedo desmontarlo, limpiarlo. Pero me temo que será inútil. No creo que tenga ganas de volver a andar. Y yo no conozco remedio para su mal. Si es que es un mal.
La mujer le lanzó una extraña mirada.
- No importa – dijo – No lo toque, no lo limpie. Será mejor que lo dejemos en paz. Me da lo mismo que no funcione. Me lo voy a llevar, y le aseguro que siempre lo voy a tener conmigo. Como recuerdo, aunque no pueda explicarle exactamente recuerdo de qué.
El relojero volvió a cerrar el reloj, la mujer lo recogió y salió de la tienda. A la mañana siguiente, entró en la tienda un viejecito, que puso sobre el mostrador un viejo reloj de bolsillo y dijo:
- Arréglemelo.
El relojero preguntó:
- ¿Qué le pasa?
- Hace lo que quiere – dijo el anciano – A veces, se pasa días sin andar. Y de repente, en una hora adelanta tres. Es como si el tiempo no tuviese sentido. Un trasto inútil, tal vez demasiado viejo, que sería mejor tirar.
Mientras el relojero abría la tapa para echar un vistazo a la maquinaria, el viejecito añadió:
- No es que me importe mucho el reloj. Para la falta que me hace, figúrese. Es que si no funciona, el de la casa de empeños no me va a dar nada por él.
El relojero, mientras limpiaba las entrañas del reloj con un pincelito, se imaginó al anciano, intentando convencer al prestamista para poder llegar a final de mes. Intuyó una vida monótona y sin alicientes, con otros viejos como él por toda compañía.
- Verá – dijo finalmente – me temo que lo que este reloj necesita es una especie de vacaciones.
El viejecito lo escudriñó con una mirada desconfiada, intentando averiguar si se burlaba de él.
- Hablo en serio - dijo el relojero – Parece que se ha cansado de usted, y le gustaría pasar una temporada con otra persona.
- ¿Él también? – dijo el viejo -¿Ese maldito trasto tampoco me aguanta?
El relojero fingió pasar por alto el comentario, y preguntó:
- ¿Tiene familia?
- Pues claro que tengo familia, a ver qué se cree. Dos hijos, tengo. Uno está lejos, en sus cosas, y el otro está aquí mismo, pero tampoco se acuerda de su padre, el muy desagradecido. Cría cuervos...
- ¿Y nietos? ¿Tiene nietos?
- Pues sí, ahora que lo dice, tengo dos. Un chico y una chica.
- Mire, lo mejor sería que le prestase el reloj por una temporada a uno de sus nietos. Tal vez al chico...
- No sabría cuidarlo. Lo rompería. Marisa, aunque sea más pequeña, es más cuidadosa. Se parece mucho a su abuela.
- Bueno – dijo el relojero – entonces tendrá que ser ella. Aunque un reloj como éste, casi una pieza de museo, es algo que hay que saber cuidar. Será mejor que controle de cerca de su nieta, a ver si le da cuerda cuando toca, y lo mantiene limpio.
- Voy a tener que ir a verla a menudo – dijo el anciano, con aparente disgusto.
- Eso me temo. Además, como me doy cuenta de que es una situación un tanto chocante, tal vez convendría que sólo se enterasen las personas imprescindibles.
- Será un secreto entre ella y yo – dijo el viejecito, con una chispa en los ojos – Traiga el reloj, ahora mismo me voy a verla.
El viejecito recogió el reloj de un manotazo, y salió precipitadamente. El relojero sonrió y miró la hora. ¡Qué tarde era ya! Hora de cerrar la tienda para irse a comer.
Al cabo de unos días, a última hora de la tarde, el relojero paseaba por la alameda. Se vió obligado a responder al efusivo “buenas tardes” que le dedicó un muchacho sentado en uno de los bancos al lado de una chica con el uniforme de la academia. Un poco más allá, una mujer que se parecía mucho a la viuda, sólo que más joven y alegre, charlaba animadamente con un grupo de amigas de sus edad. ¿Quién sabe? Tal vez, dentro de un tiempo, alguno de los hombres solos que paseaban al perro se acercaría al grupo, intentando entablar conversación.
Una conversación que sin duda tardaría un tiempo en volverse tan animada como la que sostenía un abuelo con su nieta, unos bancos más allá. El relojero vió interrumpido su paseo por una mujer que se le plantó en medio del paseo, diciéndole:
- Usted es el relojero, ¿verdad?
La mano de ella acariciaba su falda como si buscase el borde de un delantal para retorcerlo. El relojero sospechó que era una de las vendedoras del mercado.
- Pues sí – respondió.
- Es que... verá, yo tengo un reloj que me gustaría que le echase un vistazo.
- Bueno, no hay ningún problema. Si me lo trae a la tienda...
La mujer, inopinadamente, se echó a reir, demasiado agudo y demasiado fuerte.
- ¡Ja, ja! No va a poder ser. Es un reloj de péndulo, ¿sabe? De pie, quiero decir. Hombre, yo ya soy fuerte, ya pero... Lo mejor sería que viniese a casa. ¿Le gusta el café, o prefiere el té?
El relojero miró al cielo, por encima de los álamos, que empezaba a oscurecerse. Aquella iba a ser, sin duda, una reparación comprometida.
Tal como decía, en una de las calles, cerca de la alameda, había una pequeña tienda. Y en ella, un individuo de edad indefinida, que se dedicaba a arreglar relojes.
Bueno, eso es lo que él decía.


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